Mi cuerpo está cambiando, ¿cómo me siento con eso?

Hay momentos en los que nos miramos al espejo y notamos que algo ha cambiado. Quizá esa ropa que tanto nos gustaba ya no nos queda igual, nuestra piel luce diferente o simplemente sentimos que la imagen que vemos no coincide del todo con la que tenemos de nosotras mismas.

A veces estos cambios nos incomodan. Otras veces apenas les prestamos atención. También hay mujeres que, con los años, descubren que se sienten más seguras y cómodas con su apariencia, aunque su cuerpo ya no sea el mismo de antes.

Durante todo este tiempo conversando de la perimenopausia y la menopausia hemos hablado mucho de los cambios físicos y hormonales. Pero esta vez queremos detenernos en algo distinto: cómo nos sentimos frente a esos cambios, cómo influyen en la manera en que nos vemos y qué esperamos de nosotras mismas.

Entre lo que vemos y lo que esperamos ver

Desde muy jóvenes hemos recibido mensajes sobre cómo debería verse una mujer: mantener determinada figura, conservar una apariencia juvenil, disimular las señales de la edad y, de alguna manera, intentar que el tiempo no se note demasiado.

Y aunque sabemos perfectamente que nuestro cuerpo cambia con los años, una cosa es entenderlo y otra muy distinta es verlo reflejado en el espejo.

Quizá seguimos comparándonos con fotografías de hace diez años, con la ropa que antes utilizábamos o con una versión de nosotras mismas que recordamos de cierta manera.

A veces no es el cambio físico lo que más nos incomoda, sino lo que ese cambio representa para nosotras: el paso del tiempo, una etapa que dejamos atrás o la sensación de que nuestra imagen ya no responde a lo que esperábamos.

También puede suceder lo contrario. Con los años, algunas mujeres comienzan a sentirse menos pendientes de la opinión de los demás, más seguras de su estilo y más cómodas con quienes son.

No todas nos miramos de la misma manera, ni tenemos que sentirnos igual frente a los cambios.

¿Aceptar los cambios significa dejar de cuidarnos?

Por supuesto que no.

Aceptar que nuestro cuerpo está cambiando no significa renunciar a vernos bien, a sentirnos atractivas o a hacer cosas que nos ayuden a estar cómodas con nuestra apariencia.

Podemos querer mejorar nuestra condición física, cuidar nuestra piel, mantenernos activas, cambiar nuestra alimentación o renovar nuestro estilo. También podemos disfrutar de arreglarnos, maquillarnos o vestirnos de una manera que nos haga sentir bien.

La diferencia está en cómo vivimos esas decisiones.

No es lo mismo hacer algo porque nos gusta, nos hace sentir bien o contribuye a nuestra salud, que hacerlo desde la presión de tener que ocultar cualquier señal del paso del tiempo.

No siempre es tan fácil distinguirlo. Muchas de nuestras preferencias conviven con expectativas que hemos aprendido durante años.

Quizá vale la pena preguntarnos, de vez en cuando, si estamos haciendo algo porque realmente lo deseamos o porque sentimos que deberíamos vernos de determinada manera.

Cuidar nuestra apariencia puede seguir siendo una parte importante de nuestra vida. Lo que no tendría que convertirse es en una exigencia constante para sentirnos satisfechas con nosotras mismas.

No todos los días nos sentimos igual frente al espejo

Hay días en los que nos gusta cómo nos vemos, nos arreglamos con entusiasmo y salimos sintiéndonos seguras. Y hay otros en los que nada parece quedarnos bien o nos cuesta reconocer esa imagen que tenemos enfrente.

Es algo que puede ocurrir a cualquier edad, pero durante esta etapa puede adquirir un significado diferente.

Quizá hay cambios que aceptamos con naturalidad y otros que nos cuestan más. Tal vez necesitamos tiempo para acostumbrarnos a una nueva figura, encontrar ropa con la que nos sintamos cómodas o simplemente ajustar la imagen que tenemos de nosotras mismas.

Eso no significa que tengamos un problema de autoestima ni que debamos obligarnos a sentirnos bien con nuestra apariencia todos los días.

Podemos reconocer lo que nos incomoda sin convertirlo en una crítica permanente hacia nosotras mismas.

Lo importante es prestar atención a cuánto espacio ocupan esas preocupaciones en nuestra vida. Si comenzamos a evitar reuniones, dejamos de disfrutar actividades o nuestra imagen se convierte en una fuente constante de angustia, hablarlo con un profesional de salud mental puede ayudarnos a comprender y manejar mejor esas emociones.

Nuestra imagen cambia, pero también la manera de mirarnos

Con los años no solo cambia nuestro cuerpo. También cambian nuestras prioridades, nuestras preferencias y, muchas veces, la importancia que damos a ciertas opiniones.

Quizá seguimos disfrutando de vernos bien, pero ya no sentimos la misma necesidad de agradar a todo el mundo. Tal vez nos atrevemos a vestirnos como realmente nos gusta, dejamos de compararnos tanto o empezamos a valorar aspectos de nosotras mismas que antes pasaban desapercibidos.

O quizá todavía estamos aprendiendo a sentirnos cómodas con algunos cambios. Eso también es válido.

La perimenopausia y la menopausia no tienen por qué representar una pérdida de atractivo, feminidad o confianza. Tampoco significa que automáticamente vayamos a sentirnos más seguras. Cada mujer vive este proceso desde su propia historia, sus experiencias y la relación que ha construido con su cuerpo.

Podemos seguir queriendo vernos bien, hacer cambios que nos hagan sentir mejor y disfrutar de nuestra apariencia, sin exigirnos conservar la misma imagen de hace veinte años. Porque nuestro cuerpo cambia a lo largo de la vida, y nuestra manera de mirarlo también puede evolucionar. Quizá parte de esta etapa consista en encontrar un equilibrio entre seguir cuidándonos y aprender a tratarnos con menos exigencia y más comprensión.

Para esta semana

La próxima vez que te mires al espejo, presta atención no solo a lo que ves, sino también a lo que piensas de ti misma. ¿Te estás mirando con la misma comprensión con la que mirarías a una amiga?

Porque no se trata de dejar de querer vernos bien, sino de aprender a hacerlo sin ser tan duras con nosotras mismas.

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Hola,

Bienvenida a una comunidad que está convencida de que esta etapa puede vivirse con plenitud, identidad y alegría.
Un espacio donde ninguna mujer tiene que sentirse invisible ni sola.